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jueves, 10 de noviembre de 2011

Blasfemia: ¿El pecado imperdonable?

En Mateo 12:31 encontramos la referencia a lo que dijo Jesús, “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada”. Considera el contexto de este versículo. En el capítulo 11 ciertas ciudades judías rechazaron a Jesús. También Juan el Bautista levantó serias dudas sobre Jesús porque sus expectativas no fueron satisfechas. Mateo 12:31, 32 se refiere al rechazo más serio de Jesús – el rechazo de los Fariseos.

Uno de los episodios de rechazo se encuentra en el relato de Belcebú (Mateo 12:22-37). Este comienza cuando Jesús sana a un ciego y sordo. Lo terrible para los líderes judíos es que la gente está tan entusiasmada por el milagro que empiezan a preguntar en voz audible si Jesús debe ser “el Hijo de David” o no –esto es, el Mesías (vers. 23)

Los frustrados Fariseos no pueden negar la realidad del milagro, pero pueden negar que el mismo vino de Dios. Su solución es que Jesús está ligado con el “príncipe de los demonios.” (vers. 24)

Jesús inmediatamente toma la ofensiva diciéndoles que si Él estuvo curando gente por el poder de los demonios, entonces el reino de Satanás estaría dividido contra sí mismo y estaría en ruinas (vers. 25-28). Jesús argumenta que en realidad, Él es el mayor enemigo del Diablo. Él se compara a sí mismo con un ladrón que ata al hombre fuerte para poder robar su casa (vers. 29). En otras palabras, Jesús el Cristo (Dios con nosotros) ha invadido el territorio enemigo del “príncipe de este mundo” (Juan 12:31; 14:30; 16:11) para rescatar a los hijos de Dios.

El punto culminante de la confrontación en la historia de Belcebú llega en Mateo 12:30-32. En este pasaje Jesús no solamente advierte a los oyentes de que no hay neutralidad en la gran lucha entre el bien y el mal, sino que sigue diciendo que cualquiera que acredita el trabajo de Dios a Satanás ha cometido el pecado imperdonable (vers. 31). Mientras es técnicamente verdad que la gente puede hablar contra el Hijo y todavía ser perdonado, no pueden hacer lo mismo y ser perdonados si están bajo la convicción del Espíritu Santo de que Jesús es el Mesías. Hacer tal cosa sería rechazar la incitación del Espíritu Santo en sus corazones y mentes. El resultado es una conciencia endurecida (1° Timoteo 4:2; Tito 1:15) que no puede más responder al trabajo del Espíritu de llevar la gente al arrepentimiento y confesión de sus pecados (Juan 16:8). Tales rechazadores están más allá del alcance del Espíritu de Dios, porque han cerrado el canal a través del cual Dios puede alcanzarlos. Cuando esto sucede, están más allá de toda esperanza. Han cometido el pecado imperdonable.

Muchos Cristianos sensibles se preocupan de que han cometido el pecado imperdonable. El hecho de que están conscientes es una indicación de que todavía están escuchando al Espíritu y desean responderle. Frederick Bruner tiene razón sobre el asunto cuando escribe, “el espíritu del pecado contra el Espíritu es uno inflexiblemente despreocupado. Es impenitencia, la falta de voluntad para arrepentirse... no es un conjunto de actos descuidados, es un estado de dureza”. (Bruner, 1:462)

Jesús sigue proclamando que el verdadero estado de la gente puede ser conocido por las palabras que salen de sus bocas (Mateo 12:33-37). Tal verdad no es prometedora para los Fariseos, cuyas bocas recientemente han establecido la perspectiva de que las acciones de Jesús fueron inspiradas por el Diablo en vez de por Dios. Si continúan en ese sentido, Mateo 12:22-37 implica, que eventualmente cometerán el pecado imperdonable.





Fuente: Bibleinfo.com
Nota: nota publicada originalmente el 5 de febrero de 2009





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domingo, 10 de enero de 2010

La perfección. Por Robert J. Ross

Pulidos y suavizados hasta ser uno

Como capellán voluntario del turno noche, observaba a un médico de emergencias mientras cerraba el último de muchos puntos que unían la carne de lo que había sido un inmenso orificio. Enderezó la espalda y con sus ojos aún concentrados en la herida que acababa de cerrar musitó, como diciéndose a sí mismo: “Perfecto; está perfecto”. Más tarde pensé: ¿Qué quiso decir? ¿Se refería a los puntos o a que quedó cerrada la herida? ¿Se refería a su trabajo o a todo lo mencionado?

El Sermón del Monte de Jesús cubre tres capítulos de la Biblia (Mat. 5–7). En su primera parte, habla de la actitud de contentamiento que deberíamos desarrollar más allá de las circunstancias. A esta sección la denominamos de “las bienaventuranzas”. Cristo dirige su atención a nuestras motivaciones detrás de lo que hacemos. Lo que realmente cuenta son los motivos y actitudes que impulsan nuestras acciones. A mitad de su sermón, realiza esta inquietante declaración: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto” (Mat. 5: 48).1

¿Qué quiere decir “perfecto”?

En la Biblia, el término es expresado de muchas maneras. Perfecto puede significar intachable, leal, completo, maduro, entendido, paciente, amante y seguidor de Cristo. El término describe cosas como la ley de la libertad (Sant. 1:25), los sacrificios (Lev. 22:21) o la voluntad de Dios (Rom. 12:2). La perfección suele estar relacionada con la acción. La iglesia de Sardis es amonestada porque Cristo halló que sus obras aún no eran perfectas (véase Apoc. 3:2). Al joven rico, Jesús le aconseja: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes […] y […] sígueme (Mat. 19:21).

Ante usos tan diversos, ¿qué significa entonces ser “perfecto”? Es decir, ¿cuán blanco tiene que ser el blanco para alcanzar la blancura total? La cita de Elena White que dice: “Así como Dios es perfecto en su esfera, hemos de serlo nosotros en la nuestra”,1 nos muestra que existen dos niveles de perfección: la divina y la humana.

Sabemos con certeza que Dios es perfecto en su esfera. “Él es la Roca, cuya obra es perfecta” (Deut. 32:4). También sabemos que Jesús es perfecto: “Habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eternal salvación” (Heb. 5:9). Reconocemos que, por cierto, nosotros no somos perfectos, porque a los ojos de Dios, “nuestras justicias como trapos de inmundicia” (Isa. 64:6). Entonces, ¿a qué “perfección” hemos de aspirar? Jesús nos da la pauta en la oración intercesora de Juan 17:23: “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad”. La perfección, entonces, posee dos niveles: la unidad perfecta de Dios con la Trinidad y la unidad perfecta de los humanos con Cristo.

Perfección objetiva: La unidad perfecta de Dios
Solo la divinidad puede aducir unidad perfecta. Es la perfección más acabada. Aunque el Hijo de Dios se revistió de frágil humanidad y fue tentado en su momento de mayor debilidad, Satanás no logró separarlo ni un ápice de su Padre. Solo la divinidad puede transformar piedras en pan. Mediante la obediencia a su Padre, Jesús se negó a usar su divinidad independientemente de su Padre. “En Cristo, la divinidad y la humanidad se combinaron. La divinidad no descendió al nivel de la humanidad; la humanidad conservó su lugar, pero la humanidad, al estar unida a la divinidad, soportó la durísima prueba de la tentación en el desierto”.2 “Él […] sufrió siendo tentado”, sufrió en proporción a la perfección de su santidad. Pero el príncipe de las tinieblas no encontró nada en él; ni un solo pensamiento o sentimiento respondía a la tentación”.3 La unidad perfecta de Jesús con su Padre lo motivó a resistir todas las tentaciones.

Perfección subjetiva: Nuestra unidad con Cristo

Me gusta cómo describe Elena White nuestra necesidad de expiación. “El hombre no podía expiar la culpa del hombre. Su condición pecaminosa y caída hacía de él una ofrenda imperfecta, un sacrificio expiatorio de menor valor que Adán antes de su caída. Dios hizo al hombre perfecto y recto, y después de su transgresión no podía haber un sacrificio expiatorio aceptable a Dios en su favor, a menos que la ofrenda hecha fuera de un valor superior al del hombre en su estado de perfección e inocencia”.4

La actitud pura de Cristo motivó una obediencia absoluta que resultó en una unidad completa con el Padre. Esa es la verdadera perfección. Es esa perfección imputada que llega a ser el único medio para nuestra salvación. “Este sacrificio fue ofrecido con el propósito de restaurar al hombre a su perfección original; más que ello, […] brindarle una completa transformación del carácter”.5

La justicia impartida de Cristo es la obra que realiza en nosotros para transformarnos a su imagen, en unidad con él. Eso es ser perfectos en nuestra esfera. Significa ser perfectamente uno con él. Nuestras actitudes cambian, lo que nos motiva a ser obedientes para reflejarlo de manera plena. La imagen que creó originalmente en nosotros se refleja en nuestra unidad con él (véase Heb. 5:8, 9)y no requiere que nos despojemos por nosotros mismos del mal, porque ello dejaría un gran vacío. Por el contrario, implica que nos llenemos todo lo posible de Cristo, rechazando lo que opaca su gloria. Al contemplarlo, llegamos a ser como él y somos transformados para su gloria. No solo seremos su imagen sino también seremos uno con él.

Unión perfecta

Hace poco los científicos descubrieron una forma de fabricar la primera superficie de vidrio absolutamente plana y pulida. Es tan suave y lisa que cuando dos de estas gruesas láminas de vidrio son colocadas una sobre la otra y desplazan todo el aire, la conexión entre las moléculas llega a ser tal que es casi imposible separarlas. Son verdaderamente una. La unidad perfecta de Jesús con el Padre, por medio de su obediencia aquí en la tierra, llega a ser nuestro manto de (su) justicia imputada por toda la eternidad. La justicia que anhela impartirnos es la unidad perfecta que podemos tener por medio de la conducción de su Espíritu. La obediencia motivada por un amor genuino permite que cada día Cristo nos vaya puliendo hasta que lleguemos a ser uno con él, de manera que ya nada pueda interponerse entre él y nosotros.

Creo que esta imagen capta algo de lo quiso decir ese médico de emergencias cuando dio por concluida su tarea. La herida estaba cerrada. La carne había vuelto a su lugar. No había más separación. No había más sangre. Podía comenzar el proceso de curación y probablemente no quedaría ni una cicatriz. Lo que se dice, perfecto.


Fuente: AdventistWorld.com
Autor: Robert J. Ross, nacido en Sudáfrica, es actualmente pastor de la iglesia de Meadow Vista, Asociación del Norte de California, EE. UU.
Referencias: 1 Elena White, Testimonios para la iglesia, vol. 8, p. 64. 2 Elena White, Review and Herald, 18 de febrero de 1890. 3 Elena White, Testimonios para la iglesia, vol. 5, p. 398. 4 Elena White, The Spirit of Prophecy, t. 2, p. 9. 5 Elena White, Manuscrito 49, 1898.

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viernes, 23 de octubre de 2009

Por qué no bebo alcohol. Por Tom Shepherd

De tanto en tanto leemos en la prensa que un vaso de vino por día ayuda a prevenir las enfermedades cardíacas. Para muchos esto confirma la creencia que la Biblia aprueba el uso moderado del alcohol, y se preguntan por qué los adventistas se oponen tan decididamente a él. Mi propósito es explicar el por qué, desde una perspectiva bíblica y de la salud.

El vino y la cerveza en el Antiguo Testamento

En la Biblia se utilizan varios términos hebreos y griegos para referirse al vino y la cerveza. Se hacen declaraciones tanto positivas como negativas de estas bebidas. La mayoría de las referencias al vino en el Génesis se relacionan con eventos negativos: Noé se embriaga en Génesis 9, las dos hijas de Lot practican el incesto con su padre después de hacerle beber vino (Gén. 19), y Jacob engaña a Isaac con alimento y vino (Gén. 27). Sin embargo, también podemos encontrar referencias positivas, como en Números 18:12: “De aceite, de mosto y de trigo, todo lo más escogido, las primicias de ello, que presentarán a 
Jehová, para ti las he dado”. Por lo general, los comentarios positivos respecto del vino aparecen como una referencia a la abundancia de los alimentos típicos de Palestina: el aceite de oliva, los 
granos y el vino (Deut. 7:13; Jer. 31:12).

Aun así, persisten los comentarios negativos: “El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora; ninguno que por su causa yerre es sabio” (Prov. 20:1). Proverbios 23:29-35 brinda una descripción asombrosa de los males del alcoholismo.

Jesús y el vino

Algunos dicen que esto es simplemente una censura al abuso del alcohol. ¿No fabricó Jesús abundante vino en las bodas de Caná (Juan 2)? En efecto, fabricó unos seiscientos litros de vino (en griego, oinos) para las festividades. Sin embargo, al igual que muchas de las declaraciones positivas sobre el vino en el Antiguo Testamento, la referencia a oinos en este contexto es parte de la descripción de un evento donde la abundancia de alimento y bebida enfatiza una ocasión festiva. Además, notemos que las palabras del encargado del banquete se asemejan a un proverbio: “Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando han bebido mucho, el inferior”.1 Entonces dice enfáticamente: “Tú has reservado el buen vino hasta ahora”.

Este “dicho proverbial” es visto por muchos como un comentario perspicaz sobre los efectos del alcohol. Cuando comenzaron a beber, los presentes podían percibir la calidad del vino. Pero después de embriagarse, todo parece lo mismo; ¿por qué derrochar buen vino en ebrios?2

Sin embargo, esta concepción pasa por alto un elemento clave del pasaje e interpreta erróneamente el significado del alimento y la bebida en un contexto de fiesta. Debemos notar que el encargado de la fiesta aún podía diferenciar entre el vino bueno y el de inferior calidad. Es obvio que no estaba ebrio aunque también es obvio que había estado bebiendo el que se había servido antes, porque notó la diferencia. El significado del alimento y la bebida en un contexto de fiesta significaba que la abundancia era parte del regocijo. Íntimamente ligado a ello se halla el profundo énfasis en la hospitalidad. Con semejante conjunto de normas sociales, el “buen vino” era usado para agasajar a los invitados al comienzo de la fiesta.

Asimismo, en la literatura griega hay instancias donde oinos es una bebida sin alcohol, por lo que es razonable creer que, en este contexto, esa es exactamente la clase de bebida que fabricó Jesús.3

¿Es la abstinencia un imperativo moral?

Algunos podrían reconocer que, dadas estas explicaciones, es posible apoyar desde la lógica el valor de una vida cristiana abstemia. Pero, ¿es un imperativo moral? Diversas evidencias se combinan para indicar que así es. En primer lugar, las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud muestran el alto costo que produce el alcohol.4 Es responsable de aproximadamente 1,8 millones de muertes por año (3,2 por ciento del total) y de 58,3 millones de años de vida de incapacidad (4 por ciento del total). Es responsable del veinte al treinta por ciento de las muertes por cáncer de esófago y de hígado, de cirrosis hepática, homicidios, epilepsias y accidentes de automóvil. Su consumo se está incrementando en los países en desarrollo, que carecen de infraestructura para la prevención y el tratamiento de los problemas asociados con sus efectos. Aunque más no sea por el interés cristiano en nuestros prójimos, tenemos la responsabilidad moral de predicar y enseñar la abstinencia total del alcohol.

Listos para el regreso de Cristo

Pero existe una razón más apremiante para defender la total abstinencia: ¡El pronto regreso de Cristo! El Nuevo Testamento está lleno de advertencias que nos llaman a estar alertas y sobrios ante el pronto regreso del Señor (Luc. 21:34-36; 1 Ped. 1:13). A este concepto lo denomino temperancia escatológica. El alcohol, por su parte, adormece la mente. Su consumo va en contra de la instrucción de Jesús de estar alerta en todo momento.

La gente a menudo se pregunta si este o aquel mandato bíblico aún se aplica a nosotros hoy. A menudo, se pregunta esto para implicar que el mandato ya no se aplica. Es raro que la gente considere que algunos mandatos puedan aplicarse con menor ahínco hoy que en el pasado. Creo que es lo que sucede con la abstinencia de alcohol. En el mundo antiguo del Mediterráneo, había bebidas alcohólicas pero la mayoría de las personas no la podía consumir en abundancia. Además, su graduación alcohólica no superaba del diez al quince por ciento en el caso del vino (solo cuatro a seis por ciento en la cerveza), y el uso acostumbrado era diluir el vino en una a tres partes de agua.5 La situación es muy diferente en el mundo actual, donde el alcohol es más fácil de conseguir y con concentraciones mucho más elevadas en las bebidas destiladas (generalmente del cuarenta al sesenta por ciento de graduación alcohólica). Las estadísticas de la OMS nos revelan los tristes resultados del alcohol y de qué manera su negra sombra se está esparciendo en todo el planeta.

Soy un adventista que aguarda el pronto regreso de Jesús. A la luz de este gran evento, creo que tengo que mantener mi mente y mi cuerpo alertas para la acción en todo momento. Creo que tengo la responsabilidad de ayudar a mi prójimo a prepararse para el regreso del Señor, y que un estilo de vida saludable es consecuente con las Escrituras y de incumbencia para el cristiano. Es por eso que no bebo alcohol.


Fuente: Adventist World
Autor: Tom Shepherd, es 
profesor de Interpretación de Nuevo Testamento 
en el Seminario Teológico Adventista de la Universidad Andrews.
Referencias: 1 Traducción propia. 2 El verbo griego es metusko, que puede significar ya sea “emborracharse” o “beber a voluntad”. 3 Véase Aristóteles, Meteorologica 384.a.4-5 y 388.b.9-13 por el uso genérico del término oinos. 4 Estadísticas del sitio web de la Organización Mundial de la Salud,
 www.who.int/substance_abuse/facts/alcohol/en/index.html 5 El “vino puro” de Apocalipsis 14:10 sería el vino sin agregado de agua. En la advertencia dramática de Apocalipsis 14 se derrama la ira divina, pura y sin misericordia. Por referencias a la dilución del vino véase David E. Aune, Revelation 6-16, Word Biblical Commentary, vol. 52b (Nashville: Thomas Nelson, 1998), p. 833.

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