viernes, 10 de abril de 2009

La Crucifixión de Cristo. Por Elena G. de White

CRISTO, el precioso Hijo de Dios, fue conducido y entregado al pueblo para ser crucificado. Los discípulos y creyentes de las regiones circunvecinas se unieron a la multitud que seguía a Jesús rumbo al Calvario. La madre del Señor también estaba allí sostenida por Juan, el discípulo amado. Su corazón estaba herido por una angustia inenarrable; no obstante ella, junto con los discípulos, esperaba que mudara la penosa escena, y que Jesús manifestara su poder y apareciera ante sus enemigos como el Hijo de Dios. Pero de nuevo su corazón de madre desfalleció al recordar las palabras mediante las cuales él se había referido brevemente a las cosas que estaban sucediendo ese día.

Apenas había pasado Jesús por la puerta de la casa de Pilato cuando trajeron la cruz preparada para Barrabás y la depositaron sobre sus hombros magullados y sangrantes. También cargaron con cruces a los compañeros de Barrabás que debían sufrir la muerte al mismo tiempo que el Señor. El Salvador llevó su cruz unos pocos pasos pero, por causa de la pérdida de sangre y el excesivo cansancio y el dolor, cayó desmayado al suelo.

Cuando recuperó el sentido, nuevamente la colocaron sobre sus hombros y lo obligaron a avanzar. Vaciló unos pocos pasos mientas cargaba la pesada cruz, y entonces cayó al suelo como si estuviera sin sentido. Al principio lo creyeron muerto, pero finalmente recuperó el conocimiento una vez más. Los sacerdotes y dirigentes no manifestaron la menor compasión por los sufrimientos de su víctima; pero se dieron cuenta de que le era imposible llevar un paso más ese instrumento de tortura. Mientras pensaban qué podían hacer, Simón, un cirineo que venía en dirección contraria, se encontró con la multitud. Lo tomaron entonces a instancias de los sacerdotes, y lo obligaron a llevar la cruz de Cristo. Los hijos de Simón eran discípulos de Jesús, pero él mismo nunca había tenido relación con él.

Una gran multitud siguió al Salvador al Calvario, y muchos de sus integrantes se burlaban de él y lo ridiculizaban; pero muchos lloraban y repetían sus alabanzas. Los que habían sido sanados de diversas enfermedades, los que habían resucitado de entre los muertos, se refirieron con voz fervorosa a sus maravillosas obras, y manifestaron el deseo de saber qué había hecho para que se lo tratara como malhechor. Pocos días antes lo habían acompañado en medio de gozosos hosannas mientras sacudían ramas de palmeras cuando él entraba triunfalmente en Jerusalén. Pero muchos de los que habían dado clamores de alabanza, porque en ese momento era popular hacerlo, ahora lanzaban el grito de "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!"
Clavado en la cruz

Al llegar al lugar de ejecución, los condenados fueron atados a los instrumentos de tortura. Mientras los dos ladrones se debatían en manos de los que los extendían sobre sus cruces, Jesús no ofreció resistencia. Su madre contempló la escena con agonizante suspenso, con la esperanza de que hiciera un milagro para salvarse. Vio sus manos extendidas sobre la cruz, esas manos queridas que siempre habían dispensado bendiciones, y que se habían alargado tantas veces para sanar a los que sufrían. Cuando trajeron martillos y clavos, y éstos atravesaron la tierna carne de Jesús para asegurarlo a la cruz, los discípulos, con el corazón quebrantado, apartaron de la cruel escena el cuerpo desfalleciente de la madre de Cristo.

El Señor no formuló queja alguna; su rostro seguía pálido y sereno, pero grandes gotas de sudor perlaban su frente. No hubo mano piadosa que enjugara de su rostro el rocío de la muerte, ni palabras de simpatía e inmutable fidelidad que sostuvieran su corazón humano. Estaba pisando totalmente solo el lagar, y del pueblo nadie estuvo con él. Mientras los soldados llevaban a cabo su odiosa tarea, y él sufría la más aguda agonía, oró por sus enemigos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23: 34). Esta oración de Jesús por sus enemigos abarca al mundo, pues se refiere a cada pecador que habrá de vivir hasta el fin del tiempo...

Después que Jesús fue clavado a la cruz, varios hombres fuertes la levantaron y la colocaron con gran violencia en el lugar preparado con ese fin, causando al Hijo de Dios la más dolorosa agonía. Y entonces se produjo una escena terrible. Los sacerdotes, dirigentes y escribas se olvidaron de la dignidad de sus sagrados cargos, y se unieron con la turba para burlarse y reírse del agonizante Hijo de Dios diciéndole: "Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo" (Luc. 23: 37). Y otros repetían burlonamente entre ellos: "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar" (Mar. 15: 31). Los dignatarios del templo, los curtidos soldados, el mal ladrón en la cruz y los viles y crueles que se hallaban entre la multitud, todos se unieron para maltratar a Cristo.

Los ladrones que fueron crucificados con Jesús sufrieron la misma tortura física que él. Pero sólo uno de ellos se endureció; el dolor lo desesperó y le infundió rebeldía. Se unió a las burlas de los sacerdotes y vilipendió a Jesús diciéndole: "Si tú eres el Cristo sálvate a ti mismo y a nosotros" (Luc. 23: 39). El otro malhechor no era un criminal endurecido. Cuando oyó las diatribas de su compañero de fechorías, "le reprendió, diciendo:. ¿Ni aún temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo" (vers. 40, 41). Acto seguido, cuando su corazón sintió la atracción de Cristo, la iluminación celestial invadió su mente. En Jesús, magullado, escarnecido y colgado de una cruz, vio a su Redentor, a su única esperanza, y se dirigió a él con humilde fe: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso" (vers. 42, 43).

Con asombro los ángeles consideraron el infinito amor de Jesús quien, mientras sufría la más atroz agonía mental y física, sólo pensó en los demás y animó a creer al alma penitente. Al derramar su vida hasta la muerte, manifestó un amor por los hombres más fuerte que ésta. Muchos de los que fueron testigos de esas escenas del Calvario más tarde se afirmaron en la fe de Cristo.

Los enemigos del Señor aguardaron su muerte entonces con impaciente esperanza. Creían que esos acontecimientos eliminarían para siempre los rumores de su poder divino y la maravilla de sus milagros. Se complacían en pensar en que entonces no necesitarían temblar más por causa de su influencia. Los indiferentes soldados que extendieron el cuerpo de Jesús en la cruz se repartieron sus: ropas y contendieron por una prenda tejida pero sin costura. Finalmente decidieron el asunto echando suertes. La pluma movida por la inspiración describió con exactitud esta escena cientos de años antes que ocurriera: "Porque perros me han rodeado: me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies.. repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes" (Sal. 22: 16, 18).

Una lección de amor filial

Los ojos de Jesús se pasearon sobre la multitud que se había reunido para contemplar su muerte, y vio a los pies de la cruz a Juan que sostenía a María, su madre. Ella había regresado al lugar donde se desarrollaba esa terrible escena, pues era incapaz de permanecer por más tiempo alejada de su Hijo. La última lección que el Señor dio se refirió al amor filial. Contempló el rostro dolorido de su madre y en seguida miró a Juan; y dijo, dirigiéndose a ella: "Mujer, he ahí tu hijo" y a continuación dijo al discípulo: "He ahí tu madre" (Juan 19: 26, 27). Juan comprendió perfectamente las palabras de Jesús y el sagrado cometido que se le había confiado.

Inmediatamente alejó a la madre de Cristo de la terrible escena del Calvario. Desde ese momento la cuidó como si fuera un hijo solícito, y la llevó a su propia casa. El perfecto ejemplo de amor filial dado por Cristo resplandece sin haber perdido su fulgor en medio de las penumbras del pasado. Mientras soportaba aguda tortura, no se olvidó de su madre, e hizo hizo todas las provisiones necesarias para asegurar su futuro.

La misión de la vida terrenal de Cristo estaba casi terminada. Tenía la lengua seca y exclamó: "Sed tengo". Empaparon una esponja con vinagre y hiel, y se la ofrecieron para que bebiera; cuando la probó, la rechazó. Y entonces el Señor de la vida y la gloria comenzó a agonizar como rescate por la especie humana. El sentimiento de pecado, que acarreó la ira del Padre sobre el sustituto del hombre, contribuyó a que la copa que bebía fuera tan amarga, y quebrantó el corazón del Hijo de Dios.

En su condición de sustituto y seguridad del hombre, la iniquidad de éste fue depositada sobre Cristo; se lo contó entre los transgresores para que pudiera redimirlos de la maldición de la ley. La culpa de cada descendiente de Adán de todas las épocas oprimía su corazón; y la ira de Dios y la terrible manifestación de su disgusto frente a la iniquidad llenaron de consternación el alma de su Hijo. El apartamiento del rostro divino de junto al Salvador en esa hora de suprema angustia atravesó su corazón con un pesar que jamás podrá comprender plenamente el hombre. Cada espasmo soportado por el Hijo de Dios en la cruz, las gotas de sangre que fluyeron de su frente, sus manos y sus pies, las convulsiones de agonía que sacudieron su cuerpo y la, ineludible angustia que llenó su alma cuando su Padre ocultó su rostro de él, hablan al hombre diciéndole: "Por amor a ti el Hijo de Dios consintió en permitir que estos terribles crímenes fueran depositados sobre él; por ti saqueó los dominios de la muerte y abrió las puertas del Paraíso y la vida inmortal". El que calmó las airadas olas por medio de su palabra y caminó por las ondas coronadas de espuma, que hizo temblar a los demonios y logró que huyera la enfermedad al toque de su mano, el que resucitó muertos y abrió los ojos de los ciegos se ofreció en la cruz como el único sacrificio en lugar del hombre. El, el portador del pecado, soportó el castigo legal que merecía la iniquidad, y se hizo pecado por el hombre.

Satanás hirió el corazón de Jesús con sus fieras tentaciones. El pecado, tan aborrecible a su vista, se acumuló sobre él hasta que gimió bajo su peso. No es maravilla que su humanidad temblara en esa hora terrible. Los ángeles fueron testigos asombrados de la desesperada agonía del Hijo de Dios, mucho mayor que su dolor físico que casi no sentía. Las huestes celestiales se cubrieron el rostro para no ver algo tan terrible.

La naturaleza inanimada manifestó simpatía hacia su agonizante e insultado Autor. El sol no quiso contemplar la terrible escena. La plenitud de sus rayos resplandecientes estaba iluminando la tierra a mediodía, cuando de repente pareció desaparecer. Espesas tinieblas, como si fueran un sudario, rodearon la cruz y toda la zona circundante. Las tinieblas duraron tres horas completas. A la hora nona la temible oscuridad desapareció para la gente, pero siguió envolviendo al Salvador como si fuera un manto. Los furiosos relámpagos parecían dirigidos contra él mientras yacía colgado de la cruz. Entonces "Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mar. 15: 34)
Consumado es

En silencio la gente contempló el final de esa impresionante escena. De nuevo el sol resplandeció, pero la cruz siguió rodeada de tinieblas. De repente la oscuridad se apartó de la cruz, y con tonos claros, como de trompeta, que parecían proyectar sus ecos por toda la creación, Jesús exclamó: "¡Consumado es!" "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." (Luc. 23: 46). Un halo luminoso circundó la cruz, y el rostro del Salvador brilló con una gloria semejante a la del sol. Entonces inclinó la cabeza sobre el pecho y murió.

Cuando Cristo falleció, había sacerdotes que servían en el templo delante del velo que separaba el lugar santo del santísimo. De repente sintieron que la tierra temblaba bajo sus pies y el velo del templo, una cortina fuerte y de buena calidad, que se renovaba cada año, fue rasgada de alto a bajo por la misma mano exangüe que escribió las palabras condenatorias sobre los muros del palacio de Belsasar.

Jesús no depuso su vida hasta haber cumplido la obra que había venido a hacer; y exclamó con su último suspiro: "¡Consumado es!" Los ángeles se regocijaron cuando escucharon esas palabras, porque el gran plan de redención había sido llevado a cabo triunfalmente. Hubo gozo en el cielo porque los hijos de Adán, de allí en adelante, y gracias a una vida de obediencia, podrían ser llevados finalmente a la presencia de Dios. Satanás fue derrotado y sabía que su reino estaba perdido.

La sepultura

Juan no sabía qué medidas había que tomar con respecto al cuerpo de su amado Maestro. Temblaba al pensar que podría ser manoseado por soldados rudos e insensibles, y depositado en un sepulcro indigno. Sabía que no podría conseguir favores de las autoridades judías, y muy pocos de Pilato. Pero José y Nicodemo hicieron frente a esa emergencia. Los dos eran miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran ricos e influyentes. Estaban decididos a conseguir que el cuerpo de Jesús tuviera una sepultura honorable.

José enfrentó osadamente a Pilato, y le pidió que le diera el cuerpo de Jesús para sepultarlo. Este dio entonces una orden oficial para que le fuera entregado. Mientras Juan, el discípulo, estaba ansioso y perturbado por los sagrados restos de su amado Maestro, José de Arimatea volvió con la autorización del gobernador; y Nicodemo, anticipándose al resultado de la entrevista de José con Pilato, vino con una costosa mezcla de mirra y áloes de unos cincuenta kilos de peso. Los más honrados de Jerusalén no hubieran recibido mayores muestras de respeto en ocasión de su muerte.

Con suavidad y reverencia estos hombres retiraron con sus propias manos el cuerpo de Jesús del instrumento de tortura, mientras lágrimas de simpatía rodaban por sus mejillas al contemplar el cuerpo lacerado del Señor, que bañaron y limpiaron cuidadosamente de toda mancha de sangre. José era dueño de una tumba, cavada en la roca, que estaba reservando para sí mismo; estaba cerca del Calvario, y allí preparó sepulcro para Jesús. El cuerpo, junto con las sustancias aromáticas traídas por Nicodemo, fue envuelto cuidadosamente en un lienzo de lino, y los tres discípulos llevaron su preciosa carga a ese sepulcro nuevo, donde nadie había yacido todavía.

Extendieron los magullados miembros y doblaron las contusas manos para colocarlas sobre el pecho inmóvil. Las mujeres galileas se aproximaron para verificar que se hubiera hecho todo lo que se podía hacer para el cuerpo sin vida de su amado Maestro. Vieron entonces cómo se colocaba la pesada piedra a la entrada del sepulcro, y el Hijo de Dios quedó descansando allí. Las mujeres se quedaron hasta el final junto a la cruz y junto a la tumba de Cristo.

Aunque los dirigentes judíos habían llevado a cabo su malvado propósito de dar muerte al Hijo de Dios, su aprensión no disminuyó ni murió su envidia. Mezclado con el gozo de la venganza satisfecha, se hallaba siempre presente el temor de que su cadáver, que yacía en la tumba de José, surgiera de nuevo a la vida. Por lo tanto "los principales sacerdotes y los fariseos [comparecieron] ante Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero" (Mat. 27: 62-64). Pilato, tal como los judíos, tenía muy pocos deseos de que Jesús se levantara con poder para castigar a los que le habían dado muerte, de modo que puso un grupo de soldados romanos a las órdenes de los sacerdotes. Les dijo: "Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis. Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra, y poniendo la guardia" (Mat. 27: 65, 66).

Los judíos comprendieron la ventaja de tener esa guardia junto a la tumba de Jesús. Pusieron un sello en la piedra que cerraba el sepulcro, de manera que nadie pudiera moverla sin que se supiera, y tomaron todas las precauciones necesarias para que los discípulos no pudieran no pudieran llevar a cabo ningún engaño con respecto a su cuerpo. Pero todos sus planes y precauciones sirvieron sólo para que el triunfo de la resurrección fuera más completo, y para que la verdad quedara más plenamente establecida.


Fuente: La Historia de la Redención, cap 29.
Autor: Elena G. de White. (1827 -1915) Los adventistas creemos que ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.
Fotografia: montaje sobre la Crucifixión de Dalí / Menesez Filipov

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