miércoles, 26 de agosto de 2009

El rescate final: palabras de esperanza para los momentos 
más oscuros. Por Mark A. Finley

Conocí a Bill hace diecisiete años, en 1991. Desde 
entonces, muchas veces hablamos de sus temas favoritos: la visión, el optimismo, la superación, la fe en Dios y la posibilidad de hacer una diferencia en este mundo. Los que conocíamos bien a Bill sabíamos que era un apasionado por la vida y por mejorar la de los demás, gracias a la suya.

En sus últimos meses de vida hablamos casi todas las semanas. En uno de nuestros diálogos, percibí que su enfermedad era terminal y que probablemente no viviría mucho tiempo más. La última conversación quedó grabada en mi mente para siempre. Hablamos del hecho que, en último término, Jesús triunfaría sobre los poderes del infierno y que la muerte finalmente sería derrotada.

Me gustaría mencionar aquí algunos de los pensamientos que compartí ese día con Bill, además de algunas reflexiones adicionales.

La muerte no es un misterio sin solución. No es un hoyo oscuro en la tierra. No es una larga noche sin mañana. Dos mil años atrás, Cristo enfrentó directamente a la Muerte en Persona y la venció.

En el curso de su ministerio, Jesús confrontó la muerte varias veces. Estas historias antiguas siguen teniendo gran valor aún en este siglo XXI y llegará el día en que destruirá a la muerte definitivamente. Ahora, más que nunca, esta verdad sigue siendo nueva, novedosa y no deja de transmitir esperanza y consuelo a las generaciones.

La muerte de Lázaro

Lázaro, el amigo de Jesús, desarrolló una repentina enfermedad y falleció poco después. En este relato se halla el versículo más breve de la Biblia: “Jesús lloró” (Juan 11:35). ¿Por qué lloró Jesús? Una lección que extraemos es que se identificó con el dolor que sentían María y Marta, hermanas de Lázaro. Sus lágrimas revelan a un Salvador que comprende nuestro llanto.

Jesús se identifica con nuestro dolor. Entiende nuestras aflicciones. Experimenta nuestra angustia. Sufre con nuestros sufrimientos. Es nuestro compañero en las tribulaciones. Cuando nuestro corazón está quebrantado, el suyo también se quebranta. Cuando sufrimos, él también sufre. Cuando María y Marta lloraron, Jesús también lloró.

¡Él comparte nuestras lágrimas!

Jesús no solo lloró, sino que también tuvo el poder divino de solucionar la muerte de Lázaro. Jesús le dijo a María: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (Juan 11:40). Esas palabras llegan hasta nuestros días: Cree, y verás la gloria de Dios.

Seguramente no vi a Bill por última vez. En una tumba pagana de las catacumbas romanas, están grabadas las siguientes palabras: “Adiós mi amor, para siempre”. Por el contrario, las tumbas cristianas expresan palabras de esperanza. Nosotros podemos decir: “Adiós, hasta la mañana”.

Si creemos, nosotros también veremos la gloria de 
Dios. No hemos visto a nuestros seres amados por última vez. Una de las frases más poderosas de toda la Biblia es cuando Jesús exclamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43).

La muerte huye ante las palabras de Cristo; la tumba entrega sus muertos, Satanás tiembla, Lázaro se levanta a la vida, y la muerte es derrotada.

De esto podemos estar seguros: Jesús jamás ha perdido una batalla con la muerte. Tampoco perderá la batalla con la muerte de Bill. La resurrección de Lázaro es un anticipo de la resurrección de todos los creyentes, cuando el Señor venga.

El testimonio de Jesús

La resurrección de Cristo nos revela a un Salvador que tiene poder sobre la muerte, aun sobre la suya y que dice: “Yo soy... el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y el Hades [infierno]” (Apoc. 1:17, 18). No tenemos que temer a la muerte porque Jesús tiene las llaves del sepulcro.

Acompáñenme al lugar llamado Calvario y a una colina llamada Gólgota, un viernes de tarde, dos mil años atrás. Fue un viernes muy oscuro. El sol retrajo su luz. Los truenos resonaron. Los relámpagos iluminaron el cielo. Ese oscuro viernes, Pedro negó al Salvador. Judas lo traicionó. Los judíos lo dejaron de lado. Los discípulos lo abandonaron y los romanos lo crucificaron.

Bajaron su cuerpo quebrantado y sangriento de la cruz. Y los discípulos perdieron todas las esperanzas.

Pero ese oscuro viernes fue seguido de una brillante mañana dominical. Jesús resucitó de los muertos. La muerte ha sido vencida. El enemigo, conquistado. Y el sepulcro ya no puede esconder a su víctima.

Y como Jesús vive, nuestros amados también vivirán otra vez.

Jesús vence a la muerte para siempre

La victoria de Jesús muestra a un conquistador que tiene poder duradero y definitivo sobre la muerte.

El apóstol Pablo habla de nuestra esperanza final en estas palabras: “El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. 
Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. 
Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes 
para recibir al Señor en el aire, y así estaremos para siempre con el Señor” (1 Tes. 4:16, 17).

Jesús volverá. El último enemigo será derrotado. La 
muerte desaparecerá para siempre. “Sorbida es la muerte 
en victoria. ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¿Dónde, 
sepulcro, tu victoria?... Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” 
(1 Cor. 15:54, 57).

En mi último diálogo con Bill, hablamos de la eternidad. Hablamos del cielo. Hablamos de lo que significa “para siempre”. Mis últimas palabras como pastor y amigo fueron: “Bill, no estás solo. Cristo está contigo y, muy pronto amigo mío, 
lo verás cara a cara”.

Los momentos finales de Bill

Mientras Bill enfrentaba los últimos momentos de su vida, su esposa Bonnie y sus hijos rodearon su lecho. Bonnie pidió que pusieran un CD de himnos cantados por Wintley Phipps. Quería que el mensaje de un antiguo himno familiar estuviera en la mente de Bill mientras se debatía entre la vida y la muerte. Pronto las palabras familiares de la canción llenaron la habitación: “Cuando camines por la tormenta, levanta tu rostro y no temas las tinieblas”.

El mensaje de la canción es que, no importa lo que tengamos que enfrentar, jamás caminamos solos.

En la vida y en la muerte, en Jesús, por medio de Jesús y gracias a Jesús jamás caminamos solos. Un día lo veremos venir. Nuestra esperanza descansa en la certeza de que Jesús, que se levantó de los muertos y conquistó el sepulcro, viene otra vez a llevarnos al hogar.


Fuente: Adventist World
Autor: Mark Finley es el orador/director emérito de la popular transmisión "Escrito está", y en el presente supervisa los esfuerzos de evangelismo global de la Iglesia Adventista mundial como

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miércoles, 12 de agosto de 2009

Creed en sus profetas. Por Arthur G. Daniells

Los adventistas del séptimo día extraen sus creencias de las enseñanzas de la Palabra de Dios, basando así conscientemente sus doctrinas y prácticas en un claro “así dice el Señor”. Desde los primeros días del movimiento esto significó adoptar la doctrina bíblica del don de profecía, ya que esta verdad es enseñada en la Biblia.
Uno de los líderes adventistas más capaces de los primeros tiempos fue Arthur G. Daniells, presidente de la Asociación General durante un extenso período (1901-1922) y amigo y colega de Elena White durante la segunda mitad de su larga vida (1827-1915). En 1935, después de su retiro, Daniells escribió El permanente don de profecía, con el propósito de afirmar el don profético del que había sido testigo durante tantos años de ministerio. Esta selección pertenece al último capítulo de la obra. —Los editores

El bienestar de la iglesia en conjunto y de sus miembros en particular está inseparablemente vinculado con su actitud de fe y consideración a los profetas de Dios. Éstos, como sabemos, son los mensajeros escogidos por él, los portavoces que ha designado para su iglesia en la tierra. Como hemos demostrado también con claridad, este plan de comunicación ha constituido la forma uniforme y benéfica escogida por Dios para revelar su voluntad a la raza humana desde la separación ocasionada por el pecado. Por este medio se aconseja, instruye, advierte, suplica y amonesta, según lo indiquen la necesidad y el amor divinos. La presencia de los profetas entre los hombres no es por lo tanto algo nuevo o inusual, algo extraño o fantástico. Dios es el autor de esta provisión y el hombre peregrino, su beneficiario. Es tan antigua como la necesidad humana, y tan constante como el amor divino que la impulsó e instituyó.

Las vicisitudes de la iglesia en todas las edades han sido medidas por su fidelidad o deslealtad al don de profecía, y su seguridad se ha medido por la manera en que respondió a estas instrucciones divinas. A lo largo de los siglos que abarcan las eras patriarcal, mosaica y apostólica, hemos visto en acción esta regla inviolable, según se revela en las páginas de la Escritura Sagrada.

Más tarde, luego de la muerte de los apóstoles, comienza la trágica marcha de los sucesos de la Era Cristiana que está escrita con sangre y lágrimas, y manchada por los desvíos y la apostasía. Vez tras vez la iglesia cristiana nominal se aparta de estos principios fundamentales, de los preceptos y prácticas, de la letra y el espíritu que caracterizaron a la iglesia apostólica. La desviación consistió en la perversión de la ley y el Evangelio, aunque penetró en todas las verdades del cristianismo.

Trágica fue la suerte de aquellos que defendieron la fe primitiva. Odiados y vilipendiados, perseguidos y aislados, testificaron por la verdad. Pero de vez en cuando, al llamamiento de Dios se levantaron profetas, hombres y mujeres, que denunciaron la iniquidad de los desleales. Estimularon la fidelidad de los fieles y guiaron y guardaron a los defensores de la verdad a lo largo de esos penosos siglos.

Ahora, en estos tiempos llamados por Dios “los últimos días”, el gran plan divino de redención y el insensato curso de la especie humana se acercan a su culminación. De tal manera abunda la iniquidad entre los hombres, tan desafiante es la filosofía humana, tan rebelde es la independencia del hombre frente a Dios y sus provisiones para la redención en este supremo conflicto entre el bien y el mal, que era imperativo que el don de profecía se manifestara con claridad y evidencia en las filas de la iglesia remanente.

La suprema necesidad de los últimos días

Si alguna vez en el curso de la humanidad el hombre necesitó la dirección divina, es ciertamente en estos postreros días, cuando todas las fuerzas de la iniquidad se hallan sueltas para confundir y arruinar, cuando el mundo secular se ha vuelto materialista, y el mundo religioso se ha entregado a las enseñanzas modernistas. Si alguna vez en la historia la iglesia necesitó contar con la dirección divina, fue en el momento de la crisis del movimiento adventista, precisamente después del chasco de 1844 y durante las décadas que siguieron. Los asuntos en juego eran trascendentales, pero la dirección divina fue la adecuada.

El último conflicto se produce en relación con la fidelidad a Dios, y llega a su consumación en nuestro tiempo. La perfecta ley divina, juntamente con el sello del sábado son objeto del odio de Satanás que, en el conflicto, busca tener a todo el mundo de su lado. La salvación plena provista por la fe en Cristo también es objeto de implacables intentos de negar su encarnación, el ministerio intercesor y el inminente regreso en poder y gloria.

La ira de Satanás se concentra sobre la iglesia remanente de Dios, supremo objeto del amor y dirección divinos. Esta iglesia se destacará finalmente como única defensora de la pisoteada ley de Dios, la que recibe los amplios medios provistos para la redención. No sólo es la iglesia en su conjunto objeto del ataque del maligno, sino que los miembros individuales también son acosados porque mantienen la integridad de la ley y el Evangelio. Al introducir la duda, la negligencia, la rebelión y el repudio, Satanás procura destruir la fidelidad individual a los consejos del don de profecía. De ahí que los tres grandes asuntos en juego en esta última hora estén tan claramente definidos por la inspiración, aunque todos han quedado confundidos por las creencias y prácticas de la cristiandad.

Ahora… la cuestión de la relación individual y de la iglesia con el don dado por Dios, resalta como algo de suprema importancia. Sean las palabras finales, por lo tanto, una súplica para que se reconozca y se escuche esta provisión divina para el consejo de la iglesia. Este consejo es una exhortación que la iglesia siempre debe tener presente y obedecer y practicar con fidelidad.

Escuchad los consejos celestiales

Observad, retrospectivamente, lo que este don ha significado para este pueblo a lo largo de las décadas pasadas. Notad bien cómo se ha hecho frente a una crisis tras otra y se ha solucionado un problema tras otro. En cada caso, el tiempo ha vindicado los consejos celestiales. Considerad, a manera de impresionante comparación y advertencia, los días de Israel en el tiempo de Moisés, y luego pensad en nuestros tiempos. Estas son las palabras del gran caudillo de Israel:

“Yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal”. “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días” (Deut. 30:15, 19, 20).

Al comprender que estaba por deponer sus responsabilidades, el anciano patriarca Moisés dio su recomendación final al pueblo que había conducido durante cuarenta años, desde Egipto hasta los límites de la Tierra Prometida.

Cifraba grandes esperanzas en el futuro de su amado pueblo. Pero conociendo, por larga experiencia, las fragilidades y debilidades del mismo en tiempo de tentación y pruebas, también albergaba graves temores de que tuviesen que arrostrar desastres y derrotas como nación. Como reconocía que su destino para bien o para mal dependía de la forma en que obedeciesen las instrucciones enviadas por Dios, les presentó gráficamente y con muchos detalles las bendiciones temporales y espirituales de las que serían objeto si fueran obedientes y las maldiciones que acompañarían a su desobediencia (véase Deut. 27, 28).
El olvido de Israel

Cuando les aconsejó que amaran al Señor y obedecieran su voz, los estaba exhortando a prestar atención a los mensajes de consejo e instrucción que él les había entregado como mensajero de Dios. Fuera de los Diez Mandamientos, todas las leyes, testimonios y estatutos que les fueron dados habían sido pronunciados por intermedio de Moisés. El hecho de que sólo hubieran visto y oído el elemento humano no disminuía de ninguna manera la culpa que tendrían, si rechazaban estos requerimientos divinos. Así sucede también con los hombres y mujeres de todos los tiempos, no sólo con la generación a la cual se dirigió personalmente.

Moisés se ocupó de que estas solemnes amonestaciones siempre fueran recordadas. Los padres habían de enseñarlas a sus hijos, hablando de ellas cuando estuviesen en casa, o cuando anduviesen de camino, como también a la hora del culto matutino y vespertino (Deut. 11:19, 20). Habían de ser escritas como memoria en un libro, y colocadas al lado del arca. Cada séptimo año habían de ser sacadas y leídas en público delante de la concurrencia de peregrinos reunidos para la Fiesta de las Cabañas. Para esa solemne lectura de los escritos proféticos habían de reunirse hombres y mujeres, sin olvidar al extranjero que estaba dentro de sus puertas. Los niños que llegaban a la edad de la razón eran mencionados de manera especial. También debían oír y aprender a temer al Señor (véase Deut. 31:9-13).

En vista de que el Israel antiguo no supo recordar los solemnes mensajes que Dios había enviado por medio del mensajero escogido, ¿no deberíamos nosotros, “los que hemos alcanzado los fines de los siglos”, cuidar de que la instrucción que ha sido dada a la iglesia remanente sea recordada vívidamente?


Fuente: Adventist World
Autor: Arthur G. Daniells (1858-1935) fue evangelista, misionero, editor y presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día por un largo período.

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jueves, 30 de julio de 2009

El bautismo: un símbolo duradero. Por Gifford Rhamie

Un evento profundamente personal.

Un símbolo es una idea o cosa que representa a otra. Y un símbolo espiritual nos permite experimentar un significado profundo y duradero de una experiencia por otra parte común. Los símbolos también poseen una dimensión dinámica. Es decir, pueden evocar diferentes clases de reflexiones en diferentes etapas de la vida, brindando así diferentes maneras de observar la misma experiencia y la verdad. Es por ello que los símbolos perduran, porque se adaptan a diversas explicaciones, aun cuando siguen siendo los mismos ayer, hoy y mañana.

Con este trasfondo, me gustaría compartir mi experiencia personal con el símbolo del bautismo. En pocas palabras, (“Creencias fundamentales de los adventistas del séptimo día”, No. 15). Se realiza en el nombre y bajo la autoridad del Dios trino: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Mat. 28:19). La palabra significa inmersión en el agua, un acto que conlleva un profundo significado simbólico.

En el símbolo del bautismo encuentro al menos cuatro significados para mi vida personal:

1. Un nuevo comienzo

Para mí, el bautismo marcó el comienzo de un nuevo compromiso con Dios. Le dio expresión externa a una posición que tomé, que implicaba comprometerme deliberadamente y ser fiel a una nueva Persona. Pero también me pareció un paso natural como consecuencia de la influencia del reinado de Dios en mi corazón. Recuerdo que le dije a Dios: “Ya hace un tiempo que tenemos conversaciones profundas; es tiempo de que me mude a vivir contigo. No me avergüenzo de ti, y quiero hacerlo público”.

Mi impresión del bautismo en ese entonces no era tanto de una relación para toda la vida como del nuevo comienzo de una relación comprometida. Era algo similar a una boda, que marca el comienzo de algo significativo, porque se da por sentado que a partir de allí comienza el matrimonio, que como podemos ver no es exactamente lo mismo.

Algunos son capaces de decir: “Señor, voy a serte fiel por el resto de mi vida”. Es encomiable. Pero cuando me bauticé, no podía decir tal cosa. En efecto, tenía miedo de decepcionar a Dios. No obstante, concluí, si tan solo me concentro en el hecho de que el bautismo marca un nuevo comienzo, a partir de ese momento viviré día a día. Este enfoque hizo que mi relación con Dios no sufriera una presión desmedida. En su lugar, pude concentrarme simplemente en un nuevo comienzo con Dios.

Jesús le dijo a Nicodemo: “A menos que nazcas de nuevo del agua y del Espíritu, no puedes experimentar realmente el reino de Dios” (paráfrasis de Juan 3:3-8). En mi caso, era como si Dios me dijera en esencia: “Hemos tenido una relación durante cierto tiempo, Gifford; es tiempo de avanzar, de tomar una decisión; es el siguiente paso lógico”.

2. Una renovación espiritual

El bautismo es un símbolo de renovación y sanidad espiritual. Cuando me bauticé, anhelaba una experiencia espiritual. Quería llenar cierto vacío en mi vida. Romanos 6:1-4 habla del bautismo como la muerte, la sepultura y la resurrección del nuevo creyente. Es un texto que no debemos minimizar. Para Pablo, no es un evento para siempre, como si se pudiera madurar espiritualmente en un instante. Porque aunque el bautismo es un evento, sirve también para iniciar un proceso, a saber, una travesía espiritual continua y transformadora a un nivel nuevo y más intenso.

El nuevo creyente experimenta maravillosamente a Dios por medio del símbolo. Es un misterio. Yo experimenté el inmenso significado de la muerte, de ser sepultado, de ser resucitado a una novedad de vida. Dios dejó impreso en mi espíritu, por así decirlo, una purificadora línea divisoria de aguas. Entonces me levanté del agua con nuevas expectativas. Fue una experiencia transformadora en la cual el corazón se abrió a la presencia sobrenatural de Dios, una presencia que anticipa y permite nuevas posibilidades, que marca y celebra el movimiento de la esclavitud del pecado a la libertad en Cristo. Señala el nacimiento de un nuevo corazón, que es receptivo a una nueva perspectiva, a nuevos valores, gustos, deseos y posibilidades.

3. Una nueva familia

El bautismo también simboliza que pertenezco a una 
nueva familia, a una nueva comunidad –la iglesia– que la Biblia llama el cuerpo de Cristo (Efe. 3:6; 1 Cor. 12:12, 13). 
El testimonio de la comunidad local otorga a la experiencia bautismal intimidad y gozo compartido. Hallé que la disposición de la familia de la iglesia para unirse a mi caminar espiritual me brindaba estímulo y respaldo.

Es así que cuando mi madre y mentora espiritual, vio como sus cuatro hijos ingresaron a la pila bautismal (me bauticé junto a tres de mis hermanos), es como si dijera junto a la congregación: “No estás solo. Estamos celebrando, y te apoyamos”.

Este es el cuerpo al cual se une el nuevo miembro por medio del bautismo.

4. La experiencia de los nuevos dones

El bautismo, finalmente, es un símbolo del ungimiento. Cuando fui bautizado en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se me otorgó el poder y la autoridad de servir a las personas (Mat. 3:16; Hech. 19:1-5). Fui unido en nombre del Espíritu Santo y mis talentos naturales fueron bautizados conmigo.

Estas fueron buenas noticias para mí. Significaba que no solo Dios me quería, sino que me necesitaba y confiaba en mí. No fui dejado de lado (Efe. 4:7-10). El desafío de la iglesia local es capacitar al nuevo creyente para que vea esto como parte de su herencia bautismal, especialmente en esta etapa espiritual cuando está entusiasmado y siente el fervor del poder transformador de Dios en su vida. Me resultó inspirador ver cómo Dios nos otorga dones sobrenaturales y espirituales para la construcción del cuerpo de Cristo (véase 1 Cor. 12:27-30 donde se enumeran estos dones).

Fue entonces que como nuevo creyente capacitado y dotado pude florecer en el ministerio de la música (por dar un ejemplo personal) y cooperé con otros ministerios para contribuir con el crecimiento físico, espiritual y emocional de la iglesia. Comencé a servir no solo a la iglesia, sino también a la comunidad en general. Esta sucesión continua entre sociedad e iglesia ha brindado relevancia a mi ministerio a lo largo de los años.

Por ello, el bautismo significó para mí un nuevo comienzo con un Dios personal, tenaz e ilimitado; una renovación espiritual (a pesar de todas sus complejidades y contradicciones); un nuevo sentido de pertenencia (a una comunidad diversa y multifacética) y una nueva fuente de poder espiritual (manifestado por medio de los dones espirituales y la comunicación). La experiencia del bautismo me ha lanzado a una nueva e intrépida travesía con Dios.


Fuente: Adventist World
Autor: Gifford Rhamie es docente del departamento de Teología del Newbold College, en Inglaterra, donde se especializa en Nuevo Testamento y Estudios Pastorales y codirige el Centro de Diversidad.

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domingo, 19 de julio de 2009

Reunificación Virtual del Codex Sinaiticus, la Biblia más antigua

Las partes que quedan de la Biblia cristiana más antigua del mundo se volverán a unir el lunes online, lo que ha generado un gran entusiasmo entre expertos bíblicos que aún tratan de desentrañar sus misterios.

El Codex Sinaiticus (Códice Sinaítico) fue escrito a mano por cuatro escribas en griego sobre cuero animal, conocido como vellum, a mediados del siglo IV, hacia la era del emperador romano Constantino el Grande, que adoptó el cristianismo.

No todo el manuscrito ha resistido los estragos del tiempo, pero las páginas que lo han hecho incluyen todo el Nuevo Testamento y la copia existente más antigua de los Evangelios, escritos en momentos diferentes después de la muerte de Cristo por los cuatro Evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Las 800 páginas y fragmentos que quedan de la biblia - tenía originalmente 1.400 páginas - también contienen la mitad de una copia del Viejo Testamento. La otra mitad se ha perdido.

"El Codex Sinaiticus es uno de los mayores tesoros escritos del mundo", dijo Scot McKendrick, responsables de manuscritos occidentales en la Biblioteca Británica.

"Este manuscrito de 1.600 años abre una ventana al desarrollo de la primera cristiandad y una evidencia de primera mano de cómo el texto de la biblia fue transmitido de generación a generación", declaró.

Los textos incluyen numerosas revisiones, adiciones y correcciones hechas durante su evolución a lo largo de los tiempos.

"El Codex ... es casi indiscutiblemente el libro encuadernado más antiguo que ha sobrevivido", dijo McKendrick, subrayando que cada página es de 16 pulgadas de alto por 14 pulgadas de ancho (unos 40,6 centímetros por 35,5 centímetros).

"Desde un punto de vista crítico, marca el triunfo definitivo de los códices encuadernados frente a los rollos (de papiro), un hito decisivo de cómo la biblia cristiana era considerada un texto sagrado", declaró.

PROYECTO DE CUATRO AÑOS

Los antiguos pergaminos, que parecen casi transparentes, son una colección de secciones que están en manos de la Biblioteca Británica en Londres, el Monasterio de Santa Catalina en Sinai, Egipto, la Biblioteca Nacional de Rusia y la Biblioteca de la Universidad de Leipzig en Alemania.

Cada institución tiene diferentes cantidades del manuscrito, pero la Bilbioteca Británica, que digitalizó las delicadas páginas de todo el libro en Londres, tiene con diferencia la mayor parte.

El proyecto conjunto iniciado en 2005 con el objetivo de conservar y "reunificar virtualmente" la Biblia, así como acometer una nueva investigación sobre su historia, ha arrojado nueva luz sobre quién la hizo y cómo se produjo.

Expertos de la Biblioteca Británica dicen que hay que resaltar que el proyecto ha descubierto pruebas de que un cuarto escriba - además de los tres ya reconocidos - trabajó en los textos.

La unión y transcripción del libro incluye páginas antes no publicadas del Codex encontradas en una sala secreta del Monasterio de Santa Catalina, a los pies del Monte Moisés, Sinai, en 1975, algunas de las cuales están en mal estado y han sido estudiadas con dificultad.

Pero aún hay muchas preguntas sin responder sobre cómo se realizó el libro, djio Juan Garcés, de la Biblioteca Británica y responsable del proyecto de los manuscritos griegos, que trabajó en la digitalización.

Por ejemplo, ¿dónde se hizo? ¿qué orden religiosa lo encargó? ¿y cuánto se tardó en realizar?

McKendrick dijo a Reuters en una entrevista que la página web permitirá realizar una investigación de forma integral por primera vez, obligando a los principales expertos a ver sus teorías en contexto.

La Biblia, que puede verse online (www.codexsinaiticus.org) de forma gratuita a partir del lunes, incluye modernas traducciones en griego y algunas partes traducidas al inglés.


Fuente: swissinfo.ch / "La Biblia cristiana más antigua, reunida de nuevo en Internet"

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martes, 14 de julio de 2009

La Tercera Persona. Por Roy Adams

El don más descuidado de la iglesia cristiana.

La doctrina de la Trinidad es el concepto más difícil que alguna vez he tenido que procurar entender con mi mente limitada. Ya es difícil procurar concebir un Dios que no tiene comienzo ni fin (en especial, pensar que ¡no tiene comienzo!). Pero es un desafío tres veces mayor tratar de imaginar tres seres separados —cada uno de ellos siendo el mismo Dios en todo sentido y viviendo lado a lado por toda la eternidad— ya que no hubo tiempo en el pasado donde no existieran como tales.

He analizado una y otra vez el tema, solo para descubrir mi impotencia intelectual ante un misterio tan inescrutable.

En el corazón mismo de este misterio se halla “la Tercera Persona” (para utilizar una expresión común para referirse al Espíritu Santo en la teología cristiana). El profesor Stanley Hopper, de la Universidad Drew, expresó años atrás que “la doctrina del Espíritu Santo es al mismo tiempo la más central y descuidada doctrina de la fe cristiana”. En este artículo, sin embargo, hablaré más del Espíritu no como doctrina, sino como “persona”.

Al acercarse al fin de su vida en esta tierra, Jesús dijo: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador” (Juan 14:16).

El lenguaje original de este texto contiene un matiz muy sutil que no es evidente en la traducción, centrado en la palabra “otro”. En griego, el escritor/orador podía utilizar dos palabras distintas, según el énfasis que quisiera dar a la frase. Por ejemplo, si quería distinguir a un elefante de un leopardo, usaría la palabra heteros para referirse a “otro animal”. Pero si la otra criatura también era un elefante, elegiría la palabra allos, o sea, otro animal de la misma clase.

Es probable que Jesús haya dicho esta frase en arameo, pero al interpretar su significado, Juan utilizó la palabra allos. Esto significa que la promesa de Jesús era enviar a alguien que en esencia era igual a él. Es decir que no era una fuerza, sino una persona. Una persona que escucha nuestras penas, siente nuestro dolor, simpatiza con nuestro sufrimiento, nos apoya en las luchas y nos capacita para vivir cada día y para cumplir nuestra misión.
Se nos ha prometido que podemos recibir esta persona poderosa si tan solo lo pedimos.

Tomemos por ejemplo los interesantes pasajes paralelos de Mateo 7:7-11 y Lucas 11:9-13. En el pasaje de Mateo, Jesús dice que Dios está más dispuesto que nuestros padres terrenales a darnos las “buenas cosas” que le pidamos. Pero en la versión paralela de Lucas, vemos que Jesús tenía en mente algo infinitamente más importante que meras “cosas”. Allí Jesús dice: “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”

Al procurar resolver esta aparente discrepancia (donde en un pasaje dice “cosas” y el otro “Espíritu Santo”), hallé una declaración de Elena de White que pareció aclararme el asunto definitivamente. Al referirse al Espíritu Santo, dice: “El poder de Dios aguarda que ellos [sus hijos] lo pidan y lo reciban. Esta bendición prometida, reclamada por fe, trae todas las demás bendiciones en su estela” (El deseado de todas las gentes, p. 626).

Esto significa que aunque es correcto y está bien hacerlo, no necesito presentar una lista de pedidos ante el Señor. No necesito pedirle la victoria sobre esto o lo otro, o sobre otros cien problemas. No necesito lamentar mi falta de fe, mi falta de sabiduría, mi impaciencia y otras mil deficiencias que sé que poseo. Tampoco necesito presentarle un catálogo de otras cien “cosas” que deseo. En su lugar, todo lo que necesito hacer es pedirle a la poderosa tercera persona que venga y tome posesión de mi vida. Entonces, esa “bendición prometida, reclamada por fe, trae todas las demás bendiciones en su estela”.

Esto es lo que llamo la “oferta combinada” de Dios.

¿De qué temer?

A veces pienso que no clamamos anhelantes esta presencia en nuestras vidas porque, francamente, tenemos miedo del Espíritu. Le tememos por lo que hemos visto que sucede con los que anuncian a gran voz que “tienen el Espíritu”. Pensamos que el Espíritu nos llevará a hacer cosas sin sentido, a hacer el ridículo. Pero el Espíritu nunca nos lleva a hacer cosas repugnantes o extrañas para la cultura particular o el lugar donde vivimos. Al contrario, es el Espíritu el que a menudo impide que hagamos muchas ridiculeces a las que estamos tan propensos.

De hecho, este don es mucho más práctico que lo que a veces comprendemos. Para ilustrarlo cito Éxodo 35:30-33, que denomino la “actividad secular” del Espíritu Santo. En ese versículo vemos que otorga capacidad para diseñar y construir. Esto indica que sea cual fuere nuestro llamado u ocupación, podemos confiar en que el Espíritu nos dará la capacitación que necesitamos.

¡Es algo maravilloso! No importa si somos constructores, maestros, enfermeros, mecánicos, médicos, estudiantes o lo que fuera, la presencia del Espíritu incrementa nuestra capacidad y eficiencia.

El Espíritu, sin embargo, no nos hace mejores sin un propósito definido. Dios quiere que utilicemos los dones del Espíritu para construir su reino.

¿Nos hemos tornado autosuficientes?

Si pensamos en todas las maravillas y avances tecnológicos que gozamos hoy, es muy posible que muchos de nosotros sintamos que podemos valernos por nosotros mismos, pero la palabra de Dios es tan cierta hoy como entonces: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu” (Zac. 4:6).

Al reconocer su incapacidad de lograr algo duradero por sí mismos, los discípulos de Cristo oraron “con intenso fervor pidiendo capacidad para encontrarse con los hombres” (Los hechos de los apóstoles, p. 30). ¡Y lo que siguió fue el Pentecostés!

No fue casualidad que el gran predicador inglés Charles Spurgeon podía atraer a las multitudes que de pie lo escuchaban en Londres en un día de semana. En una de sus oraciones leemos estos sentimientos: “Oh Dios, envíanos el Espíritu Santo; danos tanto el aliento de vida espiritual y el fuego de celo inconquistable, hasta que las naciones se rindan ante la influencia de Cristo”.

Esta es nuestra mayor necesidad como iglesia, y tenemos mensajes proféticos que afirman que esa necesidad será cumplida antes del fin. “La gran obra de evangelización no terminará con menor manifestación del poder divino que la que señaló el principio de ella. . . Miles de voces proclamarán el mensaje por toda la tierra. Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y señales y prodigios seguirán a los creyentes” (El conflicto de los siglos, pp. 669, 670).

Una relación estrecha y personal

El Espíritu es asimismo la solución última para todas nuestras enfermedades y problemas. Como lo expresa nuestra Creencia Fundamental No. 5, “a los que responden a su llamado, [el del Espíritu] los renueva y transforma a la imagen de Dios”. La culpa, la ansiedad, la hostilidad y un sinnúmero de otros problemas se diluyen en la presencia de la poderosa tercera persona. El Espíritu llega a nosotros con un poder que nos llena, nos estimula, nos recupera y transforma, y se derrama como la energía eléctrica sobre nuestras almas agobiadas, haciendo que cada nervio, cada fibra de nuestros cuerpos resuene con nueva vitalidad y poder.

Y todo esto sucede imperceptiblemente: “Nadie ve la mano que alza la carga, ni contempla la luz que desciende de los atrios celestiales. La bendición viene cuando por la fe el alma se entrega a Dios. Entonces ese poder que ningún ojo humano puede ver, crea un nuevo ser a la imagen de Dios” (El Deseado de todas las gentes, p. 144).

¡Qué mensaje para nuestras agobiadas almas y para nuestro confundido y arruinado mundo! La Tercera Persona es nuestra necesidad más apremiante.


Fuente: AdventistWorld.com
Autor: Roy Adams es el redactor de asociado
 Adventist World. Ha sido editor asociado de la Adventist Review desde 1988. Anteriormente, Adams servido a la Iglesia Adventista en los EE.UU. y Filipinas. Obtuvo un ThD en la Andrews University. Es autor de varios libros incluyendo El Santuario (The Sanctuary, Review and Herald, 1994) y La naturaleza de Cristo (The Nature of Christ, Review and Herald, 1994).

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martes, 30 de junio de 2009

El verdadero Bautismo

El bautismo es un rito cristiano mediante el cual se expresa la fe en el sacrificio redentor de Jesucristo, la solemne renuncia a la pasada vida de pecado, y el nacimiento a una nueva vida según los Mandamientos de Dios. Fue practicado por Jesús y ordenado por él como necesario para la salvación.

Jesús y el bautismo

1. ¿Qué ejemplo dio Jesus en cuanto al bautismo?
“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan, al Jordan, para ser bautizado por él. Tan pronto como fue bautizado, subió del agua. Y en ese momento, el cielo se abrió, y Jesus vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venia sobre él. Y una voz del cielo dijo: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mateo 3:13, 16, 17).

2. ¿Qué ordenó Jesus a sus seguidores?
“Entonces Jesus les dijo: Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 2818, 19).

3. ¿Cuán indispensable es el bautismo?
“El que crea y sea bautizado, será salvo. Pero el que no crea, será condenado”(Marcos 16:16).

Importancia del bautismo

4. ¿Qué simboliza el bautismo?
La muerte, sepultura y resurrección de Cristo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? Porque fuimos sepultados con él para muerte por medio del bautismo, a fin de que come Cristo resucito de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en nueva vida” (Romanos 6:3, 4).

5. ¿En nombre de quien se realiza el bautismo?
En nombre de la Trinidad: “Bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

6. ¿Cuál es la forma correcta de bautizar?
Por inmersión, porque bautizar significa “sumergir”. Y esta es la forma practicada por Juan el Bautista, confirmada por Cristo, y continuada por los cristianos primitivos: “Juan bautizaba también en Enón ... porque había allí abundancia de agua” (Juan 3:23).
Además, cuando Jesús ‘fue bautizado, subió del agua” (Mateo 3:16). En el caso del etiope, “ Felipe y el eunuco descendieren al agua. Y Felipe le bautizo” (Hechos 8:38).

7. ¿Qué experiencias confirma el bautismo en el creyente?
El perdón. “Pedro contestó: Arrepentios, y sed bautizados cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados” (Hechos 2:38).
La recepción del Espíritu Santo “Sed bautizados... Y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
La muerte al pecado: “Sepultados junto con él para muerte por medio del bautismo ... nuestro viejo hombre fue crucificado con él ... a fin de que no seamos mas esclavos del pecado” (Romanes 6:4, 6).
Vestirnos de Cristo: ‘Los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27)
Unión a la iglesia: “Así, los que recibieron su Palabra, fueron bautizados. Y se les unieron como tres mil personas” (Hechos 2:41).

8. A qué edad es conveniente ser bautizado
Cuando la persona pueda ser adoctrinada, entienda las verdades Bíblicas y este en condiciones de tomar una decisión correcta un niño pequeño no reúne esas condiciones ‘El que crea y sea bautizado, será salvo” (Marcos 16:16).

9. ¿Qué debe hacer el que haya sido bautizado sin conocer la doctrina, en forma incorrecta?
Debe preceder a ser bautizado de acuerdo a la enseñanza bíblica, tal como se registra cuando Pablo encontró a ciertos creyentes que habían sido bautizados sin conocer plenamente la verdad. Una vez que fueron instruidos, en señal de que aceptaban la verdad de Jesús, fueron bautizados nuevamente “Pablo les preguntó ... ¿en que fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan”. Entonces Pablo los instruyo acerca de Jesús. “Al oír esto, fueron bautizados en el Nombre del Señor Jesús” (Hechos 19:3,5)

¿QUE DEBO HACER?

1. Creer en Cristo.
“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (Hechos 16:31).

2. Ser adoctrinado en las verdades cristianas y practicarlas.
“Enseñándoles que guarden todo lo que os he mandado” (Mateo 28:20).

3. Experimentar el nuevo nacimiento.
“El que no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).

4. Decidir ser bautizado.
“El eunuco dijo: Aquí hay agua, ¿Qué impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de todo corazón bien puedes. El etiope respondió: Creo que Jesucristo es el hijo de Dios. Entonces mandó parar el carro, los dos, Felipe y el eunuco, descendieron al agua. Y Felipe lo bautizó... Y siguió su camino gozoso” (Hechos 8:36-39).

MI DECISION

¿Comprende usted que el bautismo es una señal de que amamos a Jesús, y queremos servirle?

DESPUES DEL BAUTISMO

En la tumba liquida queda sepultada la vida pasada. Ahora comienza una vida nueva (Romanos 6:4). La vida anterior debe quedar liquidada. (Efesios 4:22-24).
Ahora todo es nuevo: Intereses, forma de vivir, ideales, costumbres, palabras, relaciones (Efesios 5:17). Ahora los intereses son espirituales, vivimos en la tierra, pero nuestra aspiración es celestial (Colosenses 3:1, 2).

Fuente: PCJovenes.com

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lunes, 22 de junio de 2009

¿Hay más de un sábado? Por Ángel Manuel Rodríguez

He leído que el sábado mencionado en Génesis 2:1 al 3 no es el mismo sábado que el del cuarto Mandamiento. Por favor, explíqueme.

Algunos protestantes argumentan que Génesis 2:1 al 3 no prescribe el mandamiento sabático; sencillamente describe lo que Dios hizo el séptimo día de la semana de la Creación. Argumentan que el mandamiento del sábado fue dado a los israelitas como parte del pacto, y que fue reemplazado por el nuevo pacto. Este es un intento obvio de minar la autoridad del sábado para los cristianos. En Génesis 1 y 2, entre otras cosas, Dios está modelando para los seres humanos la necesidad y la naturaleza del trabajo. La naturaleza ejemplar de su actividad divina incluye el descanso sabático. Esto puede ser fundamentado por varias razones.

1. La imagen de Dios y el sábado: El relato de la Creación describe a los seres humanos como criaturas inteligentes y únicas, creadas a la imagen de Dios (Gén. 1:27). Debían reflejar el carácter de Dios y representarlo ante el resto de la creación. La narración contiene varios conceptos importantes.

En primer lugar, el hecho de que Dios haya descansado de sus obras atribuye a Dios necesidades humanas con el fin de demostrar cómo Dios planea suplir esa necesidad. El relato de la Creación demuestra claramente la preocupación de Dios por el ser humano, que no solo necesita trabajar sino también separar un tiempo particular para gozar de la comunión con su Creador.
Segundo, es el Creador, no la criatura, quien determina el tiempo y la naturaleza de ese descanso. Los intentos humanos por establecer su propio momento de descanso son un rechazo de la naturaleza ilustrativa del descanso de Dios y debilita el significado del ser humano como creado a la imagen de Dios.

Tercero, si Dios hubiera descansado sin la compañía de los seres humanos, habría abandonado a su propia suerte a los seres humanos y al mundo que él creó; se hubiera ausentado de su creación, dejándola sin su poder sustentador. Descansó en compañía de los que había creado a su propia imagen, en una celebración gozosa del misterio de su creación. Deseaba gozar de la compañía del ser humano durante el séptimo día.

2. Dios bendijo el sábado: En el relato de la Creación, Dios describe al séptimo día como una bendición. Esto significa, como lo sugiere el uso del mismo verbo en Éxodo 20:11, que por medio del descanso sabático Dios transmite bendiciones a su pueblo. El hecho de que su bendición sea indefinida implica sus riquezas sin límites. El verbo "bendecir" expresa la idea de beneficios derramados sobre alguien o algo. Cuando Dios bendijo el sábado, lo dotó de beneficios que serían disfrutados por los que se le unieran en su placentero descanso. En la Biblia, un día no bendecido es un día privado de contenido positivo para los seres humanos (ver Jer. 20:14). La bendición pronunciada por Dios sobre el séptimo día no fue para su propio beneficio, sino para el de los que estaban junto a él, disfrutando de la comunión y el compañerismo con el Señor, dentro de la fracción de tiempo llamada séptimo día.

3. Dios declaró santo al séptimo día: La Biblia contiene rituales para la santificación de las personas, las cosas y los lugares. Pero no existe un ritual prescrito para la santificación del sábado. Únicamente la historia de la Creación nos informa que su santidad es el resultado de una declaración divina. A lo largo del Antiguo Testamento, la santidad de ese día es presupuesta.

Para los escritores del Antiguo Testamento, al igual que para el pueblo de Dios, el sábado de la Creación era el mismo que el sábado del séptimo día mencionado en el Decálogo. Los seres humanos eran responsables de mantenerlo santo al obedecer el cuarto Mandamiento.

La santidad del sábado no consistía en un estado provisional que se agotara al final del día. No hubo un ritual de "des-santificación" para el séptimo día después de que fuera declarado santo. Al santificarlo, Dios lo separó permanentemente para un uso religioso particular. Dado que, de acuerdo con el relato de la Creación, Adán y Eva habían sido creados en el sexto día, experimentaron la santidad del séptimo día en presencia de Dios mismo. El sábado es lo primero que Dios santificó sobre este planeta, y ha permanecido santo desde entonces.

Todo intento de aislar el Mandamiento del sábado del descanso de Dios durante el séptimo día, con el fin de argumentar que pertenece al antiguo pacto y que los cristianos no deberían guardarlo, es sencillamente una ilusión, que trae como resultado el deterioro de la imagen de Dios en los seres humanos.

Fuente: Biblical Reseach Institute
Autor: Ángel Manuel Rodríguez. Doctorado en teologia (ThD) Andrews University. Desde 1992 comienza a el trabajar para Biblical Research Institute (BRI) General Conference of Seventh-day Advecntists y desde el 2002 es el Director. Autor de destacados libros y artículos en la revistas adventistas, destacandose su columna mensual en Adventist World. Fue director del Antillian College y vicepresidente academico del Southwestern Adventist University.

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martes, 9 de junio de 2009

Justicia y Juicio. Por Ángel Manuel Rodríguez


La Biblia dice que “compareceremos ante el tribunal de Dios”. ¿Qué significa esto?

Muy a menudo el significado de expresiones puede ser elucidado al estudiar los pasajes bíblicos en los que son utilizados. En este caso, se trata de una práctica legal de la sociedad romana empleada por Pablo para dar a entender importantes verdades teológicas. Conocer esta antigua práctica es útil, pero el mismo texto bíblico nos ayuda al explicar su significado y su importancia doctrinal.

1. Origen de la frase. “Tribunal” es la traducción al Español del término griego bema. El significado literal de la palabra es “paso” (utilizado como una medida para designar aproximadamente un metro; literalmente, “un pie de largo”). Desde ese significado básico, bema llegó a designar una plataforma elevada al menos un pie por sobre el piso. Tales plataformas generalmente eran construidas en la plaza del mercado o cerca de ella y era utilizada por los oficiales romanos para emitir discursos (por ejemplo, Hech. 12:21) y para tomar decisiones judiciales. El magistrado se sentaba sobre una silla colocad sobre ella para dirigirse a los presentes. El término bema, por extensión, se aplicaba a la silla del magistrado. La “silla del juicio” era la silla de un tribunal.

2. Procedimiento legal. Frente al magistrado romano, permanecía el acusado y los acusadores. Durante el juicio a Jesús, Pilato se sentó “en el tribunal” (Mat. 27:11, 19; Juan 19:13). Los acusadores presentaron los cargos, Pilato permitió que Jesús se defendiera, y se dictó una sentencia legal (Mat. 27:13, 14, 24-26).

Encontramos una situación similar en Hechos. Cuando estaba en Corintio, los judíos llevaron a Pablo al “tribunal” (be-ma) de Galión, procónsul de Acaya (Hech. 18:12). Éste escuchó los cargos contra Pablo, pero determinó que, de acuerdo con la ley romana, no tenían base legal. Y “los echó del tribunal” (vers. 16). Los líderes judíos también insistieron en presentar cargos contra Pablo en Cesarea, ante Festo. “Al siguiente día se sentó en el tribunal, y mando que fuese traído Pablo” (Hech. 25:6). Los acusadores comparecieron y presentaron sus cargos contra Pablo, y se le dio una oportunidad de defenderse (vers. 7, 8).

Por lo tanto, esta silla era un tribunal público, un lugar donde el supuesto delincuente era llevado ante el oficial romano, que funcionaba como un juez. El acusado y los acusadores comparecían ante él, presentando sus argumentos y evidencias, y él escuchaba a la defensa. Después de una evaluación de las evidencias, el magistrado romano pronunciaba su decisión legal a favor o en contra del acusado.

3. Uso teológico. Esta práctica legal fue empleada por Pablo para ilustrar los procedimientos del tribunal celestial. En Romanos 14:10, se refiere a bema como “el tribunal de Cristo”, al igual que en 2 Corintios 5:10. Estos dos pasajes contienen varias ideas importantes. Primero, afirman que hay una corte divina en la que Dios, por medio de Cristo, opera como juez. La referencia es al juicio escatológico.

Segundo, que los creyentes cristianos comparecerán ante el tribunal de Dios para rendir cuenta de sus actos (Rom. 14:12). Al final de este proceso legal escatológico, “toda lengua confesará a Dios” (vers. 11) para reconocer la justicia de Dios.
Tercero, el pueblo de Dios también comparecerá ante él para recibir lo que se merece por “lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Cor. 5:10).
Cuarto, 2 Corintios 5:10 revela que, en el juicio, se analiza la evidencia y Dios pronuncia un veredicto sobre la base de esa evidencia.

Finalmente, deberíamos notar que Pablo no dice quién será el acusador. En 2 Corintios se sugiere que, en el reino celestial, el registro de nuestras obras hablará contra nosotros, pero otras evidencias bíblicas indican que el máximo acusador del pueblo de Dios es el enemigo (Zac. 3:1). Otros pasajes especifican que la defensa es presentada por nuestro abogado, Jesús (1 Juan 2:1; Heb. 7:25). Ya que lo confesamos aquí en la tierra, él confesará en el tribunal celestial de que le pertenecemos (Mat. 10:32; Luc. 12:8, 9).

No hay necesidad de que comparezcamos físicamente ante el tribunal de Dios, ya que Cristo nos representa allí. ¡Estas son buenas nuevas!


Fuente: Biblical Reseach Institute
Autor: Ángel Manuel Rodríguez. Doctorado en teologia (ThD) Andrews University. Desde 1992 comienza a el trabajar para Biblical Research Institute (BRI) General Conference of Seventh-day Adventists y desde el 2002 es el Director. Autor de destacados libros y artículos en la revistas adventistas, destacandose su columna mensual en Adventist World. Fue director del Antillian College y vicepresidente academico del Southwestern Adventist University.

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domingo, 24 de mayo de 2009

"El Día del Señor" ¿Por qué esta expresión se utiliza solamente en el Apocalipsis? Por Jorge Burnside

Apocalipsis 1:10, dice: "Yo estaba en espíritu en el día del Señor".

La expresión "el día del Señor" se utiliza solamente una vez en las Escrituras. La frase es interesante. ¿A qué día se refiere? ¿Por qué se la emplea en el cierre del Libro de los libros?

Ocurrió en un momento trascendental, cuando un decreto de muerte pendía sobre esa expresión. El libro del Apocalipsis fue escrito en la prisión. Su autor se hallaba allí debido a la fidelidad a su Señor.

"Cuando se escribió el libro del Apocalipsis, el culto al César era una religión que abarcaba todo el imperio Romano, y debido a que los cristianos se negaban a participar en él, se los perseguía y mataba. La esencia del culto a César era aceptar al emperador como la reencarnación del divino espíritu de Roma. Una vez al año, todos los ciudadanos debían presentarse ante los magistrados para quemar una pizca de incienso ante el busto de César, y exclamar: 'César es el Señor!' " (1).

Por lo tanto, el rehusar ofrendar el incienso y pronunciar la frase "César es el Señor", era considerado como una traición, además de ser evidencia de una abierta oposición hacia la religión oficial. El culto al emperador comenzó con el culto a César luego de la muerte de éste. Es muy probable que fuera el emperador Domiciano, muerto en el año 96 DC, el que envió al apóstol San Juan al exilio en la isla de Patmos. En el año 96 de nuestra era sentenció a muerte a Florius Clemens (su propio sobrino) que era cónsul, y exilió a su esposa Floria Domitalla bajo la acusación de "ateísmo". Es probable que fueran cristianos, porque muchos cristianos eran arrojados a los leones, acusados de ateísmo al rehusar ofrecer sacrificios al César, que decía ser Dios.

Las pretensiones de Domiciano

"Domiciano fue el primer emperador al que se le atribuyeron honores divinos mientras vivía, y se hizo llamar 'Nuestro Señor y Dios' en los documentos públicos... Informó a todos los gobernadores que los anuncios y proclamas debían comenzar on la frase 'Nuestro Señor y Dios Domiciano ordena' ". (2)

Debían llamar dios a Domiciano o morir. El edicto era claro. O el Señor Jesucristo o el emperador de Roma. Jesús o el César. ¿Quién era el Señor? He allí el tema de discusión. Las escrituras demuestran claramente por qué el escritor estaba en el destierro: "Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios" (Apocalipsis 1: 9).

Domiciano decía ser dios. Su día, el día del emperador, recibía el nombre del día del señor. San Juan estaba en el destierro "por causa de la palabra de Dios", que afirmaba había un solo "día del Señor". Ese día santo pertenecía a su Señor, y desafiando el día pagano, escribió en Apocalipsis 1: 10: "el día del Señor".

¿Qué es "el día del Señor"?

El sábado es el día del Señor, porque Cristo, el Señor, descansó, bendijo y santificó ese día. Lo llamó: "Mi día santo" (Isaías 58: 13). Es el "sábado para Jehová tu Dios" (Exodo 20: 10).

El Apocalipsis exalta a Jesús como el Señor. El es "REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES" (Apocalipsis 19: 16). Jesús significa "Jehová". El es "el primero y el último" (Apocalipsis 1: 17). El fue el Creador y será el Consumador. El existe desde la eternidad y perdurará por la eternidad.

El estuvo muerto, pero ahora está "vivo por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 1:18). El es el único que tiene las llaves de la muerte y del sepulcro. Las llaves son un signo de autoridad. Ha conquistado la muerte. ¡Qué Salvador! ¡Qué Señor! No es de extrañarnos que San Juan lo exaltase como el Señor. ¿Qué era un mero mortal en comparación, aunque este mortal fuera el emperador del Imperio Romano' El sábado era el día del Señor y el día que él (San Juan) guardaría.

El Primero y el Último

El Apocalipsis nos revela a Jesús como al Jehová del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Isaías se denomina a Jehová, el Creador, como "el primero y el último" tres veces.
Isaías 41: 4: "Yo Jehová, el primero y yo mismo con los postreros".
Isaías 44: 6: "Yo soy el primero, y yo soy el postrero". Nótese que el Señor Jehová dice en el versículo 24: "Así dice Jehová tu Redentor". Era Jesús el que hablaba. El es nuestro Redentor, nuestro Señor.
Isaías 48: 12: "Yo mismo: yo el primero, yo también el postrero".
En Apocalipsis se hace referencia tres veces distintas a Jesús como "El primero y el último".
Apocalipsis 1: 11: "Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último".
Apocalipsis 1:17, 18: "Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos".
Apocalipsis 22: 13: "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último".
Se menciona tres veces a Jehová en el cuarto mandamiento.
Exodo 20: 11: "El séptimo día es reposo [sábado], para Jehová tu Dios".
Exodo 20: 11: "Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra... y reposó en el séptimo día".
Exodo 20: 11: "Por tanto, Jehová bendijo el día de reposo [sábado], y lo santificó".
El es el Señor del Antiguo Testamento.
El es el Señor del Apocalipsis.

El Apocalipsis está formado en su mayor parte por citas del Antiguo Testamento.
Jesús fue el autor del Antiguo Testamento (1 S. Pedro 1: 10, 11). El fue el que guió a Israel (1 Corintios 1: 4). El es el Señor, el Señor de todo. Por lo tanto, el Apocalipsis al confirmar que Jesús es el Señor, automáticamente revela que el sábado de nuestro Señor, es el día del Señor. El libro final de las Escrituras puntualiza la gran verdad: Jesús es el Señor.

Algún día, puede ser muy pronto, que "toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor" (Filipenses 2: 11), y "que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla" (Filipenses 2:10), porque "le dio un nombre que es sobre todo nombre" (Filipenses 2: 9). "La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna". (3)

Jesús, nuestro divino Señor afirmó: "El Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo [sábado]" (S. Marcos 2:28).
No es una institución judía

Este día no es una mera institución judía. Nuestro Señor lo santificó miles de años antes de la existencia de los judíos. El sábado es el único día que él llama suyo. Es el único día en el que él descansó. Es el único día que bendijo y santificó. El sábado es su día: "día del Señor". Cristo ha colocado su sello permanente sobre él. Habló en once ocasiones diferentes del sábado, pero siempre para corregir las supersticiones que le había agregado los fariseos; nunca para destruirlo.

La actitud de Cristo

El domingo nunca se menciona en ningún lugar de la Biblia como el día del Señor, y el hecho de que años más tarde se lo llamase así no implica que lo sea. Solamente prueba lo apartados que estaban estos cristianos profesos de la verdad cuando tomaron este sagrado título y lo aplicaron a un día de reposo falso. Unos pocos detalles revelarán claramente lo que dice la Palabra del Señor.
1. Nuestro Señor trabajó en domingo (Génesis 1: 1-5).
2. El Señor denomina al domingo como un día de trabajo (Ezequiel 46: 1).
3. El ordenó trabajar en domingo (Exodo 20: 10, 11).
4. Nuestro Señor nunca guardó el domingo
5. Su Padre nunca guardó el domingo.
6. El Señor nunca lo bendijo.
7. En ningún momento se prohibió trabajar en él.
8. Nuestro Señor nunca pronunció ninguna penalidad para los que lo violaran.
9. Nunca prometió bendiciones para los que lo observaran.
10. En las Escrituras nunca se lo denomina con el nombre de día del Señor.
11. No existen constancias de que el Señor lo haya mencionado.
12. El Señor nunca nos pidió que partiéramos el pan en domingo.
13. Nunca nos pidió que lo guardásemos en memoria de su resurrección.

El domingo no es el día del Señor, nunca lo fue ni lo será. El mandamiento del sábado es el sello de la ley de Dios. Lo señala como al Creador y, consecuentemente, como Rey de todas las cosas que él creó.

Autor: Jorge Burnside
Fuente: Ministerio Sello de Dios / Ministerio Adventista de Investigación Bíblica
Referencias: (1) "The Revelation of John", tomo 1, pág. 19, William Barclay, D. D., Profesor de Divinidad y Crítica Bíblica de la Universidad de Glasgow, Escocia. (2) Id., págs. 23, 24. (3) Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, pág. 489.

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